El blog de hoy no habla de marketing, de trucos para vencer algoritmos o de rutinas para tener más foco. Hoy hablamos de historias, de la importancia de saber contarlas y de cómo las marcas personales están construidas de historias.

Este verano he hecho un curso con Javier Dibaro, un auténtico genio en la materia y quería compartir este relato con vosotras y dejarlo escrito en el blog. ¿Soy yo la del relato?… Casi siempre.

¿Cuántas de tus vidas caben en tu ciudad? 

Madrid en verano, cuando el sol te aplasta y no concede tregua, huele a berberechos. 

Crecí en un barrio pobre del sur de la ciudad, de esos que te hacen entender lo que es ser chica de barrio, escuchar Estopa y que tu novio mire, cada dos segundos, su coche nuevo cuando le toca aparcar cerca del portal de tu abuela. 

Carabanchel tiene mucha literatura, pero su realidad suele ser muy fea. Mi familia no llegaba a fin de mes, como todo el mundo que elegía la orilla sur del Manzanares, pero guardaba un secreto. Los mejores berberechos del mundo. Un local donde el suelo no solo estaba lleno de palillos y servilletas, sino que crujía a cada paso, con las cáscaras y restos de comida. 

En esa barra, al llegar muerta de calor en el autobús, probé mis primeras cervezas con mi tío, comí berberechos y soñé a lo grande. Ser periodista, acabar con la injusticia social, la pobreza en el mundo, defender los derechos de la mujer y hacer temblar los cimientos del planeta con cada exclusiva. 

Dentro de ese Madrid, que se me antojaba enorme, tendría una casa pequeña en una calle muy estrecha de Malasaña. Con su balcón, su barandilla de hierro y su ventilador, al que reprocharía cada tarde que no hiciera nada contra los cuarenta grados de la calle. 

Al pasear aún miro los portales, con sus escaleras de caracol e imagino cada puerta con las mirillas de las películas de Almodóvar. De hecho suelo fantasear sobre qué balcón sería el mío, cómo se verán los tejados o dónde compraría el pan, si pisara la calle como una vecina más del barrio. 

El tiempo tiende a pasar lento y constante, como los veranos sin playa. Mi tío dejó de acudir a buscarme al autobús, el bar se convirtió en un Kebab y yo estuve a punto de dejar de soñar en grande. 

Lloré al licenciarme y ver el título de periodista en papel, ojalá lo hubiera podido celebrar comiendo berberechos con él. Jugué a ser reportera durante un verano entero como becaria en la radio. ¡Sección Internacional y mi voz contando que Fidel Castro se retiraba!

En septiembre al abandonar esa silla, sentí que dejaba el mejor trabajo de mi vida. Después llegó la estabilidad en forma de contrato indefinido y título de mileurista. En mi mapa, Malasaña cada vez se dibujaba más pequeño, desde mi barrio tranquilo de la periferia. 

Decidí que era más feliz compartiendo mi vida con los pollos y con mi marido, que ya casi no mira su coche por la ventana, que hablando al mundo desde Nueva York. Creo que nunca calibré que si soy incapaz de cumplir los diez kilos de peso en el aeropuerto, mi vida de mochilera hubiera fracasado en la frontera con Toledo. 

No he vuelto sentarme en esa barra y cada vez recorro menos Carabanchel, pero le debo a esa niña su amor por los libros y su ansia por querer algo grande en su vida. 

De su mano fui capaz de trazar un plan, despedir a mi jefe, abrir mi cuenta de Instagram y proponerme hacer temblar al mundo contando a qué huele tu ciudad en verano. 

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